lunes, 13 de septiembre de 2010

La Idolatría de las bendiciones divinas (Nehustán)

4 El quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán.

5 En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá.

(2 Reyes 18:4-5).

No es algo difícil o imposible para el pueblo de Dios formar ídolos de las buenas cosas que ya dejaron de ser útiles.

En el caso del rey Ezequías, él tuvo la valerosa actitud de ordenar que se destruyesen todos los ídolos que había en Judá, incluyendo Nehustán.

Nehustán era la serpiente de bronce que Dios mandó a forjar en pleno Sinaí a fin de que todos los mordidos por las víboras ardientes miraran a ella y fueran de inmediato sanados.

La serpiente de bronce

4 Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino.

5 Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano.

6 Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel.

7 Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.

8 Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.

9 Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.

(Números 21:4-9)

Como consecuencia de la murmuración del pueblo de Israel contra Dios y contra su siervo ungido; en este caso Moisés, el Señor espació por todo el campamento hebreo serpientes ardientes que comenzaron a morderlos. Ya al borde de la muerte, recurrieron a Moisés. Él intercedió ante Dios y recibió de Jehová la instrucción de hacer una serpiente de bronce y ponerla sobre un asta para que el que la mirara fuera sanado.

Más tarde, Jesucristo tomaría el episodio como símbolo de su muerte vicaria.

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado,

15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 14-16)

El pueblo de Israel conservó la serpiente de bronce durante más de setecientos años. Durante éste período, el símbolo se hizo ídolo, tomando el lugar de Dios y llevando al pueblo a la apostasía. A la serpiente se le llegó a quemar incienso como la diosa Nehustán, cuyo nombre en hebreo significa ídolo de bronce.

Sin embargo, hubo en medio un hombre que se dispuso a desafiar a la tradición y a restablecer el culto al Único y verdadero Dios, por lo cual más tarde se le consideraría como el mejor rey de Judá de todos los tiempos (2Reyes 18:5). Ese hombre fue Ezequías. Tan pronto asumió el trono, derribó los lugares altos, quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, así como también hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés (2Reyes 18:4).

Las oposiciones a las que tenía que enfrentarse Ezequías no eran cualquier cosa. Históricamente se conoce que la clase sacerdotal tenía la serpiente como un objeto sagrado. Los príncipes también la miraban como reliquia de un pasado glorioso; y el pueblo, ignorantemente, la veía como una divinidad. Ezequías, como hombre de Dios, sabía que nada podía estar por encima del Creador.

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